Tendeñera

Blog de excursiones

martes, mayo 30, 2006

Alfareros en el Moncayo








No solamente a base de “colocar y vender ladrillos” puede permanecer el hombre en el entorno de nuestras montañas. Si conservamos en lo posible sus tradiciones, su forma de vivir y trabajar, de forma viva, no entre las paredes de un museo y lo damos a conocer, por lo menos durante unos días, esos pueblos renacerán y nosotros contribuiremos a conservar al hombre y su entorno.

Así, el torno de la memoria sigue girando en Santa Cruz del Moncayo. La tradición alfarera se niega a desaparecer. Reconocida desde el año 1645 por el duque de Villahermosa y obligando a pagar, como no, a los artesanos, los consabidos impuestos.

Y la rueda y el plato continúan haciendo pucheros. Boliches, quién sabe si para las judías del mismo nombre; miajeros, algo escuetos en la ración ¿migajas? ¿miajas?; monjeros, propio de órdenes religiosas; preseros, apropiados para la caza, pucheros de a 2, de a 5; el impresionante cazolón, sin olvidar la gran variedad de rallos o botijos.

Junto a ellas las torteras y cazuelas. De barro, de la tierra. Se extraía de las planas de San Martín, alrededor de donde pasa la pista GR 90 que atraviesa la sierra del Moncayo o de Cabezolleros, el cabezo de los olleros de la vecina Tarazona.

El Moncayo proveía a sus gentes. Pero la arcilla había que domesticarla. La muela trituraba la tierra y el cribillo se encargaba de cernir las impurezas o granzas. Una pila de agua y el repozo servían para completar el proceso de limpieza.

El amasado de la pella de barro, de manera similar a la realizada para el pan, terminaba de preparar la materia prima de los pucheros. El pie del alfarero, la rueda y el plato se encargaban del resto.

Tras hacer los cuerpos y ansar las piezas, se procedía a las cochuras y escaldados utilizando los hornos morunos, levantados en piedra, poligonales por fuera y redondos por dentro. Con cúpula fija, cargados hasta la bóveda, se llenaban dos veces al año. Por la boquera, se metían las aliagas encendidas y así cocían el barro.

Entre cochura y cochura, el baño de barniz que daban algunos en las piezas mas exquisitas. Tierra, hombres y tradiciones.
En pleno siglo XXI, en este 28 de Mayo, hemos sido testigos de cómo el humilde barro ha acompañado las vidas de nuestros abuelos bajo las formas más curiosas y útiles que podamos imaginar. Un diálogo con el paisaje, con el pasado (emocionantes homenajes) y con el futuro (niños felizmente manchados), bajo un sol de justicia y guiado en directo por audiovisuales, asistimos a la presentación de un libro que os recomiendo “Barro Fuego y Alfarería Aragonesa en basto” de Carlos Díez Galán.

Cacharros de cocina, cantimploras para el campo, caracoleras, pericos u orinales y bañeras, tinajas, capillas, rallos de engañar o botijos de varios pitorros y hasta lápidas que nos acompañan en el ultimo viaje.

Por cierto no dejéis de visitar el museo, el esfuerzo que realizan los habitantes de Santa Cruz, bien merecen una escapada para luego pasear por el parque natural del Moncayo o por la vecina Tarazona.