Tendeñera

Blog de excursiones

sábado, febrero 17, 2007

Chapapote colorao







Excursión relativamente fallida, ya que no logramos llegar a la meta prevista. Salimos del pueblo de Aniés con un 20% de posibilidades de no mojarnos, (o sea, con un 80% de hacerlo)
Llegando a Huesca, se ve una siniestra boina negra sobre la zona. El día, sin embargo, resulta radiante y a lo lejos, se puede contemplar la ermita de la Virgen de la Peña, colgada en la roca.





Según nos acercamos, el cielo se despeja. Almendros en flor, rodean el camino haciendo patente la locura del tiempo. El acceso al farallón rocoso, tras cruzar varias veces la pista, se logra por un estrecho y empinado sendero semitallado en la piedra. A nuestro alrededor varios buitres planean haciendo más idílico el panorama... o casi, ya que el "alegre" sonido de múltiples quads, rompe el encanto.














La ermita está dividida en dos zonas. El camino, termina sobre el techo de una de ellas. Hay un mirador desde el que se contempla la Hoya de Huesca e, incluso, llegamos a vislumbrar el Moncayo. Subiendo unos metros más, nos encontramos con unas cuevas que, probablemente, servirían de cobijo a los primeros anacoretas y, junto a ellas, un todoterreno (qué ilusión).

















Continuamos. La antigua senda ha sido devorada por una nueva pista. Al mismo tiempo, un gigantesco cortafuegos (suponemos), nos obliga a caminar bastante tiempo por un terreno en mal estado, barro incluido. A la izquierda, la fortaleza de Loarre, destaca bajo las estribaciones del Pusilibro. Hacia allí nos queremos dirigir.



Nos encaminamos hacia Las Paules, pero el camino es cada vez más pesado. Tenemos que detenernos en varias ocasiones para que pasen los quads y nuestras botas pesan cinco veces más.


Utilizamos los erizones de felpudos.


Al llegar allí, nos desviamos a la izquierda siguiendo la indicación "Loarre", pero un triste panorama de ramas de pino cortadas y barro, nos hace muy difícil dar un paso. Tanteando el terreno para no hundirnos demasiado, (qué ilusos), avanzamos lentamente intentando encontrar el camino. Todo inútil. Nos vemos obligados a dar media vuelta, tras descubrir emboscado, un vehículo oruga, especie gigantesca que devora todo cuanto encuentra, destrozando los caminos y obsequiándonos con abundante chapapote colorao.


Tras cambiarnos de ropa y botas, subimos al coche. Desde la carretera que une Loarre y Bolea, la vista es desoladora: una inmensa franja anaranjada, corta el monte de arriba a abajo. La pista, en zing-zag, remata la faena. ¿Qué pasará cuando estalle la próxima tormenta?